Descripción del proyecto

The Space Between

Sobre las barreras insalvables que nos definen.

Escrito por ivb | @gamefeeles | 14/12/2019

Ha surgido una moda bastante curiosa entre los entusiastas de videojuegos de terror por hacer y consumir títulos que recuerdan al estilo visual del 3D de principios de los 90. Este fenómeno empezó a popularizarse en el 2016 y estos últimos dos años ha cogido fuerza gracias a títulos como Paratopic y ANATOMY, por la parte experimental, o Dusk y Amid Evil, por la parte más clásica y tradicional, de entre muchos otros. The Space Between, el juego que hoy nos ocupa, entra de lleno en el grupo más experimental, pues usa todos los recursos que tiene a su alcance de formas poco ortodoxas para sumergirnos en una pesadilla jugable.

En él encarnamos a Martin, un arquitecto obsesionado con los muros literales y figurativos que existen entre las personas, cuyas inquietudes le llevan a conectar con su vecina Claire e invitarla a su última obra en construcción, un teatro. Allí ambos harán símiles entre la relación existente entre los artistas y su público y la que hay entre dos personas que se observan mutuamente, buscando romper lo que les separa. A partir de aquí la historia muestra el intento de ambos por acabar con estas barreras y las consecuencias de ese acto.

He empezado contando la sinopsis porque la historia es lo más directo que tiene la obra del creador en solitario Christoph Frey. En los primeros actos, los personajes intercambian metáforas y hacen avanzar la trama de la forma más literal posible. Entonces, ¿qué la hace especial? En primera instancia es por el uso de sus recursos, que marcan un estilo atmosférico que pocas veces se ve, aunque no sean pocos los que lo intenten.

En el juego recorres escenarios y entablas conversaciones con los pocos personajes que aparecen, pero andar es un proceso lento más propio de un ritual onírico que te conecta con los límites de tu avatar y, por ello, con los del individuo. Por otro lado, hablar te bloquea en una cámara fija que no te deja apartar la mirada de tu interlocutor mientras las frases aparecen a un ritmo aún más pausado, estableciendo a partes iguales el deseo y una conexión forzada entre los personajes. En los diálogos tampoco aparece el nombre de quien está hablando en cada momento y tu interlocutor no tiene animación alguna que indique cuando se está comunicando, por lo que se genera un espacio de necesidades compartido al dar la impresión que las frases podrían ser pronunciadas por cualquiera de los dos. Así, cuando alguien admite un deseo de acercamiento es como si Martin y Claire lo profesaran al mismo tiempo.

Intentar conectar con alguien es doloroso por la inexorable distancia que separa a los individuos y esto se muestra a través de estas relaciones torpes e incómodas, donde el jugador no puede hacer más que ponerse en la piel de Martin cuando Claire se muestra como un ente estático que podría o no compartir las mismas inquietudes. Entonces el espacio de necesidades se convierte, por momentos, en espacio de incertidumbres.

Es por ello que el ritmo de la obra ahoga y se hace insoportable. Cuanto más recorres sus escenarios con veneración forzada y cuanto más robóticos y ortopédicos son los diálogos más crecen los muros que separan a ambos personajes. La herida se vuelve tan insoportable que no hay espacio para sutilezas y solo queda una literalidad cansada. Un grito que toma la forma de una profesión de amor por conectar incómoda, pues a Martin le interesa más la comunión con el otro que el amor en sí.

Dibujo cedido por @_Iranzo_, de quien recomiendo tanto dibujos como textos.

No pasa pocas veces que nos hartamos de los límites del lenguaje y queremos simplemente ser uno con el otro, romper todas las barreras y estar en el otro, ser el otro. Muros de metal, yeso y cemento se interponen, pero el último muro es el de la carne, lo primero que nos une al mundo a través del cordón umbilical es lo último que nos separa de una comunión total.

Martin entiende eso y usa muros literales para evidenciar los figurativos y poder conectar con los demás a través de su cordón umbilical particular, un juego que consiste en superponer su mano con la de otro a través de un trozo de tela que les separa para sentir que existe, que ambos existen. Pero cuando esto no es suficiente con Claire, como no lo fue con Daniel, el amigo de la infancia que le enseñó este juego, a Martin no le queda otra que romper la última barrera, la de la carne. Rasgar con unas tijeras el sagrado velo de la vida y ver lo que hay detrás. Terminando por solidificar la tragedia del personaje y presentando el terror más puro de The Space Between, que consiste en el descubrimiento de que detrás los muros de la carne no hay nada, tan solo una sombra que se desvanece y deja paso al abandono, al infierno.

¿Cómo puede la entrega a la obra de una vida terminar en tragedia?, ¿de donde sale esa pulsión de muerte, que es también deseo de vida? El auténtico terror no es la nada en sí misma, sino la promesa de una comunión perfecta que colme de sentido toda una existencia. Estamos programados para participar de las vidas de los demás, pues nuestros cuerpos nacen definidos por el vínculo con otras personas. Salimos al mundo buscando la calidez que nos dio la vida y eso se refleja en una búsqueda cuasi religiosa, pues toda vida es expresión de ese deseo de plenitud.

Así, puede leerse el deseo de Martin como el de quien tiene un sentido religioso a flor de piel cuyas limitaciones humanas le llevan a erigir monumentos a la separación más que al acercamiento. Porque el único testimonio de plenitud que puede lograr el hombre con sus propias fuerzas es el de la incompletitud y así los muros remiten a su propia ausencia. Acercan en su separación, dando sentido a la misma carne que los crea. Carne compartida entre todos los individuos, pues nos sabemos juntos porque nos sabemos separados.

Por eso el arte en nuestro siglo implica casi siempre a la muerte, pues la destrucción de nuestras limitaciones pasa por ella, deviniendo en una paradoja que nos indica que para ser verdaderamente libres hay que acabar con la última cadena que nos ata al mundo. Sin embargo esto nos llevaría por el mismo camino de Martin y es un riesgo que no vale la pena recorrer.

Pienso que es importante amar incondicionalmente las cadenas en vez de buscar desgarrarlas, pues en su aceptación existe la comunión que Martin ansía. Esa es la sabiduría de los humildes, identificarse con la propia existencia para así abrazar el infinito. En una época definida por la disforia y la incomodidad con nosotros mismos reivindicar nuestras limitaciones se ha vuelto un acto necesario.

Sea como fuere, The Space Between es una obra importante que desafía nuestra visión del arte al llevar el discurso al terreno de lo vital y mostrarnos las consecuencias de acabar con todas las barreras. Es un diálogo abierto de Cristoph con el jugador, quien también busca romper la última barrera entre el espectador y el artista. Consiguiéndolo de lleno al presentar la distancia insalvable que existe tanto en el arte como en la vida.