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El doble de días

Escrito por Dr.Tenma | 13/06/2019

La tarde cae sobre la megalópolis en la que aún quedan unas horas más de luz. El tráfico es denso -como es esperable del último día laborable de la semana cuando llega a su fin- pero sólo unos pocos peatones se atreven a andar por las aceras.

La puerta del Hotel Metropolitano está custodiada por un un conserje uniformado. Dentro del mastodóntico edificio, en la habitación 732 de la novena planta, sólo se escucha el soniquete de un teclado mecánico siendo presionado. La habitación es una suite llena de lujos: cama de matrimonio, sillones, sofá, televisión, cocina completa, minibar… En la cama hay una figura sentada y a su lado, tiradas en el suelo, una caja de herramientas abierta y una libreta gastada. La libreta está abierta por una página totalmente escrita en la que llaman la atención unas manchas marrones y la palabra LORENA dentro de un círculo.

La figura teclea rápida y profesionalmente un portátil deteriorado y aparentemente desfasado que tiene colocado sobre su regazo. Sólo aparta una de sus manos del teclado cuando la usa para meterla en una bolsa de Doritos. Es una mujer joven -entre el final de la veintena y principios de la treintena- de pelo rubio largo y algún kilo de más. Viste únicamente ropa interior que está raída y de un color grisáceo adquirido por el paso del tiempo. El sujetador tiene unas  manchas rojizas, de lo que podría ser ketchup u otro líquido rojizo, y naranjas de las migas de los Doritos. Las migas no se limitan al pecho sino que también acaban en su cabellera puesto que se la rasca profusamente de tanto en tanto. Este aspecto descuidado contrasta con la pulcritud de la suite.

De repente, la figura deja de teclear y trae el silencio a la habitación. Como si recordara algo, abre una pestaña nueva del terminal de su portátil y escribe access mangosta.cern.ch. Acto seguido se levanta de la cama como movida por un resorte y se acerca a un armario. Mira desorientada la ropa que en él se encuentra (la mayoría masculina) hasta que coge un jersey beige, se lo pone y se mira en el espejo. El jersey le queda un poco estrecho pero piensa “puede valer, al fin y al cabo es sólo una llamada“.

Se acerca hasta una mesa que hay cerca de la ventana y se sienta. En primer plano hay unas gafas, unos auriculares inalámbricos y un portátil último modelo en perfectas condiciones. Antes de abrir el portátil se coloca uno de los auriculares en la oreja derecha y las gafas. A continuación, hace doble click en la aplicación de mensajería con imagen, comúnmente llamada MemVi.

Al otro lado de la pantalla contesta un señor de unos sesenta años con el pelo blanco, barba y bigote. Habla un castellano correcto aunque tiene un marcado acento alemán.

– Buenos días, Hernández. Créame, es un placer dialogar con usted después de tantos intentos.

– No, el placer es mío, profesor Oberlander -contesta Silvia Hernández mientras se rasca la cabeza-. Y perdone que haya tenido que postponer esta entrevista durante varios días de la semana… Ha sido -mira al techo- desafortunado.

– Desde luego, mi pésame, siento lo de su madre -Bruno Oberlander mira hacia abajo y coge varios papeles de la mesa que tiene delante-. Su trabajo es extraordinario, brutalmente novedoso y sorprendentemente técnico para alguien de su edad. Aún hay que depurar el estilo, por supuesto, pero… Créame había leído la leyenda de Ramanujan pero nunca creí que… ¿Y ni siquiera terminó la carrera?

– Me aburría -sonríe con suficiencia- aquí el sistema educativo no premia la creatividad, más bien al contrario…

– ¡Ya, desde luego! España nunca ha tenido fama de… -Oberlander decide no ir por ahí- La cuestión es que en el CERN usted podría desarrollar esta investigación, “y ganarnos el premio Nobel“, piensa para sí mismo-. Esta investigación sobre espacios de Minkowski es digna de un investigador senior. Creo que el Doctor Kelvin estaba investigando algo parecido…

– ¿¡En serio!? -grita con un entusiasmo exagerado, casi sobreactuando- ¿¡Podría conocerlo!? ¡Sería…

– No. No puede -dice con gravedad- Murió hace tres meses. Un escape de gas en su casa… Fue una pena para todos los que le conocíamos. Siempre fue muy reservado con su investigación pero, por lo poco que me contó a mí y a unos colegas, estaba desarrollando una idea parecida a la suya. Seguro que le hubiera ofrecido un contrato.

Silvia se muestra visiblemente decepcionada, quizás demasiado. Va a decir algo pero Oberlander prosigue.

– Desafortunado, sin duda… Hábleme de usted, ¿Cuánto lleva desarrollando esta investigación?

– Un año, aproximadamente -al otro lado, Oberlander mira con sorpresa. Silvia decide proseguir y justificarse- Aprovecho muy bien el tiempo. Digo un año pero en la práctica es como si hubieran sido dos. Los días me rentan el doble.

– Eso es bueno, sin duda -contesta con una sonrisa Overlander- en mi juventud los días también parecían tener más de veinticuatro horas pero ya…

El profesor suelta una tímida risa y Silvia se acerca un poco más a la pantalla del ordenador justo antes de decir:

– No es exactamente lo mismo, profesor. Mis días literalmente duran el doble.

El silencio se hace en la conversación. Oberlander mira con incertidumbre a su interlocutora mientras trata de dilucidar si la joven ha querido decir algo diferente o si él no conoce el castellano tan bien como suponía. Hacía años que no tenía una conversación en castellano tan larga y aquellos veranos en España pertenecían a un pasado más alegre. Hace el amago de preguntar algo más, pero recuerda que, ante todo, le está haciendo una entrevista a Hernández.

– ¿Le parece que le proponga un problema a ver cómo se desenvuelve? -“Sí, claro…” Contesta la joven con cierta desilusión- ¿Ocurre algo?

– No, no. Perdone, profesor, era sólo que pensaba que hablaríamos sobre la investigación… Llevo unos días que no me consigo aclarar con las variedades de Osserman. Estoy convencida de que su conjetura era correcta y que las únicas variedades que no son planas son los espacios de rango uno localmente simétricos pero… -Oberlander observa a la candidata con cierta alegría, hacía años que no veía a alguien hablando con tanta pasión sobre cuestiones teóricas- … En una semana no he conseguido avanzar.

– ¡Hernández, tranquilícese! -sonríe Oberlander- El problema lleva décadas abierto, nadie esperaría resolverlo, o incluso avanzar significativamente, en una semana. ¡La investigación es un proceso lento!

– Ya… Pero…

– ¡Lento! -corta Oberlander manteniendo una sonrisa paternalista- Mire, Hernández, la primera lección que debe aprender es a gestionar la frustración de dedicar horas, días, semanas… ¡Años! a un problema que, en la mayoría de casos, no se llega a solucionar satisfactoriamente. En mi juventud yo era también así, pero con los años he aprendido a sobrellevarlo.

– Disculpe, mi mayor defecto es la impaciencia. Me obsesiono cuando intento resolver algo y no avanzo… -se rasca con fruición la cabeza- Es muy frustrante.

– Insisto, Hernández, este trabajo exige paciencia. Como consejo, ¿por qué no se limita a estudiar las isometrías? -Silvia mira con desconcierto a la pantalla- Me refiero a que en vez de lanzarse a un problema abierto, se centre a estudiar propiedades de algo relacionado. Olvídese por ahora de la imagen global y vaya a los detalles.

– Podría funcionar -suspira- Siento que pierdo el doble de tiempo, profesor.

– ¿El doble? -Oberlander pregunta con incertidumbre- ¿Es una expresión española?

– No, no lo es. Literalmente pierdo el doble de tiempo que usted.

– No sé si entiendo…

– Es mi condición. Mi sino. Tengo el doble de días.

El pasmo de Oberlander crece. Mira la pantalla sin saber qué decir a esa joven pretendiente a una beca. ¿Es una broma? ¿Es un juego de palabras? Ante el desconcierto decide profundizar en el tema.

– ¿A qué se refiere?

– A… Mire, profesor Oberlander, sé que no me va a creer pero ya ha leído mi trabajo, sabe que no soy una chiflada que pide atención pretendiendo haber resuelto un problema imposible como la cuadratura del círculo -Oberlander asiente con suspicacia desde el otro lado de MemVi- Deme media hora. Sé que después tiene una prueba en el LHC así que no le robaré mucho tiempo.

– ¿Cómo lo sabe? No es información pública…

– Me lo dijo usted ayer, mi antesdeayer.

Oberlander chasquea la lengua y mira hacia abajo.

– Creo que voy a cortar ya…

– No, se lo suplico -dice Silvia con calma- Por favor, sólo media hora. Después corte, denúncieme, haga lo que quiera pero… Escúcheme. Todo depende de esta conversación. ¡Todo! -el semblante del profesor ha pasado del desconcierto a la dureza- Es sólo media hora -dice Hernández en tono triste- Por favor…

– Está bien, le doy 20 minutos de mi tiempo. Después corto.

– De acuerdo -Silvia guarda un segundo de silencio. Está pensando en su discurso. Lo conoce, lo ha contado ya muchas veces pero sabe que esta ocasión es la más importante-.

Debí notarlo cuando tenía diez años. No sé si antes mi situación era la misma o si en ese instante fue cuando empezó todo, pero recuerdo perfectamente aquél día. Me desperté con un olor muy agradable y conocido, pensé: “¿Hoy también hay gofres para desayunar? ¡Dos días seguidos!“. Es curioso como el recuerdo del olor es tan vívido incluso hoy. Casi puedo saborear aquellos cofres del 19 de Abril. También es vívido el recuerdo de la discusión con mi madre… Y cómo no fui al colegio pese a que estaba convencida de que era Lunes.

Al día siguiente, me disculpé con mi madre. Miré varias veces el calendario y vi que era ya Lunes. ¿No es un poco estúpido eso? ¿Qué niña mira el calendario con tanto interés? Fui a la escuela… Un día normal de colegio. No recuerdo nada especial pero, en cambio, sí recuerdo que al día siguiente mi madre estaba cabreada de nuevo. Yo no entendía el motivo, estaba enfadada conmigo y me decía que ni siquiera había pedido perdón… Pero yo lo había hecho el día anterior. Aquello alimentó aún más la discusión -suspira-. Recuerdo también que ese día fue la primera vez que mi padre me dio un guantazo.

Me llevaron a rastras al colegio y al llegar comprobé que estaban dando mal las clases, ¿sabe? Yo llevaba los libros de Mates y Biología, pero empezamos por Física y Química. ¡Los martes se daba matemáticas y biología, no física y química!

Aquella semana fue desesperante -mira hacia el techo y vuelve a rascarse la cabeza-. Para una niña de diez años aquello era el infierno: discusiones cada día porque veía que daba igual si me disculpaba o no, todo parecía repetirse. Pensé en irme de casa hasta que noté un patrón -dice con una pequeña sonrisa-. Tenía dos Lunes, dos Martes… Dos Domingos. Aprendí que no podía contárselo a la gente porque, si lo hacía, se reían de mí.

Oberlander mira en silencio desde la pantalla. Su semblante refleja su enfado interno, siente que está perdiendo el tiempo con una charlatana o, peor, con una loca radical de las que cree que los experimentos del CERN tienen consecuencias terribles para la humanidad.

– Continúe, después no tendrá tiempo -dice en un tono de desprecio-.

– Lo tendré pero… Ya estoy cansada -dice suspirando-. Esta semana se me está haciendo cuesta arriba. No es la primera vez que le cuento esta historia, de hecho es la quinta y… Estoy cansada de tener que convencerle -al otro lado, Oberlander ni se inmuta-.

Verá, aprendí a vivir con mi condición. Empecé a llamar a los días como “día de prueba” y “día real“. Hay un fenómeno curioso: los días de prueba no influyen en mi futuro. Es decir, si un Lunes de prueba suspendía un examen, el Lunes real podía aprobarlo. Por eso el nombre, eran días en los que podía ensayar lo que pasaría un día real.

Entendí que mi situación era especial y aprendí a sacar provecho. Mis notas fueron siempre muy altas: sólo tenía que esperar a ver el examen para prepararme esas preguntas. Mis días cundían más, mucho más. Aunque no me llevó mucho comprobar que al terminar un día de prueba el mundo se reseteaba -hace una pausa y dice con resignación- para bien y para mal.

Si dejaba algo escrito un día de prueba, el día real no quedaba constancia. Los días de prueba eran como si no existieran para los demás, ¿sabe? Hice experimentos, por ejemplo un Viernes de prueba me quedé en casa todo el día jugando por internet, no dormí nada, casi no comí… Me acosté exhausta pero, el Viernes real, me encontraba normal. Mi cuerpo no tenía las horas acumuladas. ¿Sabe todo lo que eso implica? -Oberlander niega con la cabeza-.

Empecé a hacer lo que cualquier preadolescente haría: me pegaba atracones de dulces. Parece una tontería pero aún hoy es de lo único que me hace feliz…

– Entonces, será usted multimillonaria, ¿verdad? -añade Oberlander en tono de sorna- sólo tiene que ver el número de la lotería y comprarlo.

– El tiempo no funciona así -añade con satisfacción Silvia-. Aparecen pequeñas perturbaciones que tienen una repercusión enorme a gran escala.

Yo pensaba como usted, ¡Se lo aseguro!-prosigue Silvia-. Durante mis primeros meses, según experimentaba, veía cómo la gente apostaba en juegos de azar y yo, en cambio, tenía un arma más poderosa que el azar: ¡El conocimiento! -sonríe pero cambia su rictus al observar cómo al profesor no le hace ninguna gracia-.

Verá, gané una porra que hicimos para un partido del Barcelona contra el Madrid. No recuerdo cuánto fue, pero para una chica de doce años supuso una alegría. Y, en efecto, no me llevó mucho pensar que podría hacer lo mismo con dinero de verdad. Ahí fue cuando empecé a notar las pequeñas perturbaciones. Los días reales no eran exactamente iguales a los días de prueba. En la superficie sí, por supuesto, un día de prueba soleado no llevaba a un día real con un huracán pero… Un día de prueba en el que llovía, sí podía dar lugar a un día real encapotado pero sin lluvias -Oberlander alza levemente su rostro y ella interpreta que tiene su interés, pero reprime una sonrisa que pueda espantarle-.

El azar tiene un comportamiento caótico, no siempre actúa del mismo modo. Por ejemplo -dice en tono educativo-, la primera vez que le conté a una amiga lo de mi condición le puse como ejemplo un partido de tenis. Nikovsky contra Marcel, final de Wimbledon del 54… ¿Lo recuerda? -Oberlander niega con la cabeza- normal.

Nikovsky no pasó a la historia pero estuvo a punto. En mi día de prueba, ganó. Dio la sorpresa en el primer tie-break pero, en el día real, iban 11-10, Nikovsky subió a la red para rematar el set -hace el gesto con la mano de dar a una pelota imaginaria con una raqueta imaginaria- y yo sabía que su pelota rozaría la red, avanzaría un poco y caería medio muerta al otro lado. Así pasó en mi día de prueba y así debería pasar después pero… -se acerca a la pantalla del ordenador y casi en forma de susurro dice- No pasó eso.

Por primera vez en toda la conversación, el profesor mira a Silvia con genuino interés.

– La pelota rebotó en la red y cayó del lado de Nikovsky. Su leyenda acabó sin que nadie lo supiera. Una diferencia de… ¿De qué? ¿Una micra? ¿Un Julio menos? No estoy segura, pero hizo que fallara un punto. Desde ahí su partido fue nefasto y su leyenda terminó antes de empezar.

Silvia Hernández calla y escruta el rostro del profesor intentado captar algún nuevo indicio que le confirme si todo va de acuerdo con el plan o no.

– Prosiga, no le queda mucho -dice tímidamente Oberlander, pero su tono ya no es tan duro, lo que Silvia interpreta como el necesario avance-.

– Los resultados de los deportes, a veces, varían. Los partidos no resultan tan diferentes, pero el resultado puede variar porque un cambio en una jugada acarrea grandes variaciones al final. Nikovsky se hundió, pero en el día de prueba supo estirar su partido hasta el quinto set para ganarlo y convertirse en una leyenda. Igual no hubiese ganado más pero… Una bola. Por un ligero cambio todo se fue a la mierda. Sólo yo sabía la verdad -mira a la pantalla con tristeza- sólo yo sabía que todo fue mi culpa.

– ¿Cómo dice? -pregunta Oberlander con sorpresa-.

– Fue mi culpa, yo era la culpable de su error… O sea, mi existencia. Yo soy la variación entre días de prueba y días reales. Yo represento el viaje de la información al pasado. Yo sabía qué iba a pasar y… Modifiqué el presente. Mi conocimiento del pasado…

– … Necesariamente debe cambiar el presente, en efecto. Sin usted dos días repetidos serían iguales, pero con usted en el sistema…

– ¡Efectivamente! No puedo actuar exactamente igual en dos iteraciones del mismo día. Es imposible, hay demasiado que tener en cuenta. No son solo las acciones grandes como… -mueve los brazos en el aire buscando alguna analogía- golpear a un desconocido y robarle, sino que las pequeñas…

– … Tienen consecuencias en el sistema -Oberlander se reclina en su silla y mira al techo- ¿Cómo de grandes son los cambios en los días?

– Generalmente pequeños pero… Impredecibles. Si salgo a la calle mi trayectoria debería ser exactamente igual las dos veces y eso es imposible. Si desvío a alguien y ese alguien pierde un metro, y al perder el metro recoge tarde a su hijo, y un profesor debe cuidar del niño un rato más, y llega tarde a casa, su mujer se enfada…

– Ya, ya pero… Aunque lo hiciera exactamente igual la información del futuro habría viajado al pasado igualmente, ¿Lo entiende?

– ¿Me está diciendo que pese a que actuara exactamente igual el día real no podría ser exactamente igual al de prueba para evitar la paradoja de que la información viaje al pasado?

– En efecto -dice Oberlander con una sonrisa-.

– Eso explica por qué, pese a mis esfuerzos, los días podían tener alguna variación…

Empecé a idear tretas para minimizar las diferencias… Como quedarme encerrada en casa o en un hotel. Las interacciones y cambios son menores si dejo el cartel de “No molestar” en la habitación. Así los días son más estables sin yo misma añadiendo perturbaciones. Empecé a invertir en la bolsa y hasta llegué a ganar la lotería, posiblemente podría hacerlo de nuevo pero temo levantar sospechas. La sociedad no se creería el método totalmente legal que tengo de ganar en juegos de azar -sonríe a la pantalla, aunque es una sonrisa que deja entrever mucha tensión y preocupación-.

– Pero estar encerrada no parece la mejor manera de vivir…

– No lo es, claro, por eso lo hago poco. De todas formas, el dinero es lo que menos me importa… La mitad de mis días puedo gastarlo en lo que sea y al día siguiente seguirá en mi cuenta. El dinero no es nada.

La mente analítica de Oberlander se resiste a creer la historia que que escucha -¿Cómo podría?- pero, sin darse cuenta, ya ha aceptado la posibilidad de que Silvia Hernández esté diciendo la verdad.

– Desde luego es… Interesante. Pero no entiendo del todo -dice con cierta preocupación- por qué me cuenta esta historia. Yo no tengo nada que ver… -dice en tono de disculpa con una leve parte de remordimiento-.

– Mucho… Demasiado, me temo -dice con tristeza, a lo que Oberlander responde mirándola con consternación-, necesito ayuda. He intentado entender cómo parar mi… condición, pero no he sacado mucho en claro. No llegué a conocer al profesor Kelvin pero usted parece el siguiente capaz de entender algo como esto.

– Bueno, yo… -dice con cierto halago- no estoy seguro de qué podría hacer aunque de verdad su increíble historia fuese cierta.

– ¿Aunque…? -dice con cierta decepción Silvia-. Sé que no es fácil de creer pero le suplico que acepte estudiar mi caso.

– Yo… ¿Cómo? ¿Cómo podría estar seguro de que no es usted una charlatana? Entiéndame… -mira con suficiencia- ¡Ni siquiera entiendo qué tendría de malo su situación!

La chica, vuelve a acercarse a la pantalla para que el profesor le vea los ojos, casi llorosos.

– … ¿¡Otra vez!? -se echa para atrás hasta golpear con el respaldo de la silla – ¿¡Qué tiene de…!? ¿¡Cómo…!? -suspira y cierra los ojos. El profesor mira consternado la situación-.

Si me hubiera prestado atención entendería que vivo dos vidas. Sí, de acuerdo, tengo más “tiempo libre” -usa los dedos índice y anular de sus manos para resaltar visualmente unas comillas imaginarias- pero el coste es demasiado alto. Vivo los días malos el doble de veces. Mi padre murió dos veces, ¿sabe? Tuve que agarrarle la mano en su lecho de muerte dos veces porque, ¿sabe qué? No iba a dejar de estar con él un día de ensayo. Por Dios… Es…

Oberlander intenta decir algo desde el otro lado de la computadora, pero la joven ha cogido carrerilla y sigue hablando.

– Los días posteriores, igual. He asistido dos veces al funeral de mi padre. No iba a dejar a mi madre sola aunque ese día no contara para mi línea temporal… ¡No soy una autómata! -Silvia está visiblemente afectada, se quita el auricular que llevaba en la oreja derecha y lo lanza lejos- ¡Seguro que piensa que sus días serían mejores si tuviera un día de ensayo!

– Verá yo… -Oberlander se siente incómodo ante la indignación de Silvia- Su trabajo es una prueba de lo útil que es tener el doble de días -el profesor tarda un par de segundos en notar el error que acaba de cometer, no quiere que Silvia piense que él la cree- Que podría ser -añade- A veces me confundo con los tiempos verbales del castellano, discúlpeme -pese a la excusa del profesor, Silvia interpreta que está convenciéndole-.

– Le diré una cosa -añade con calma Silvia- yo no vivo el doble de días, sino la mitad de mi tiempo. Si un día tengo dos planes, no puedo hacer los dos. Si dedico el día de prueba para unos amigos, no cuenta para ellos. Así he perdido la confianza de mis amigas… ¿Lo entiende? -Oberlander asiente tímidamente-. Tenga en cuenta que un día de prueba no influye en nadie salvo en mí. Usted tampoco confiaría en alguien con quien no ha compartido suficiente tiempo, para mí eran amigas, me sabía su vida y sus problemas pero ellas no recordaban esas interacciones.

– Créame que lo siento pero no sé qué podría…

– ¿Sabe lo peor, profesor? -Silvia corta al profesor que niega con la cabeza por la pregunta que le acaba de hacer-. Lo peor es todo lo que he ido perdiendo por el camino. Conocí al amor de mi vida… Y la cagué. Fue como con Nikovsky… Tuve el día perfecto y cuando intenté reproducirlo todo salió mal. Sin días de prueba estaríamos juntas hoy en día, ¡Lo sé! -grita a la pantalla- pero ahora está con su marido.

– ¿Qué…? -balbucea Oberlander y Silvia interpreta que puede seguir hablando-.

– Íbamos en el tranvía, volvíamos de clase, ya por entonces a mí me gustaba pero ella… En fin, ella había quedado con un chico, aunque yo no lo sabía aún. Era un día de prueba normal y corriente… De prueba -dice con pena casi como un susurro- El tranvía se paró en un túnel. No es algo poco habitual, pero pocas veces pasa dentro de los túneles de la ciudad. Da igual, me estoy yendo por las ramas -“Descuida” dice el profesor para animarla- La cosa es que estuvimos casi una hora allí encerradas y… Esa fue la mejor hora de mi vida.

No pasó nada muy allá pero hablamos y nos conocimos más. Me soltó que había quedado con un chico, imagínese mi cara -Oberlander hace una mueca para apoyarla-. Me dijo que no sabía si él la iba a esperar porque en el túnel no teníamos cobertura y no podía avisarle. Bromee diciendo que pese a toda nuestra tecnología, éramos incapaces de mantener la cobertura en un túnel… Tonterías -suspira- una conversación normal. Cuando el tranvía volvió a ponerse en marcha y bajamos, resultó que el chico se había ido ya. Yo la había acompañado porque la parada me venía bien, simplemente, no esperaba que pasara nada porque no dejaba de ser otra chica hetero más.

Estuve toda la tarde con ella y… Encajábamos, ¿Sabe, profesor? -Oberlander asiente- Fue todo muy normal… Muy… Ese fue el problema, no hubo detalles que hicieran desnivelar una balanza. Me refiero a que no evité una catástrofe, ni nada. Simplemente éramos dos compañeras hablando. Aquél chico no la esperó, pero supuestamente no tenía nada que ver conmigo… Pensó que le dio plantón y ya. Ni siquiera se enfadó, ¿sabe? Estuvo con unos amigos, según descubrimos después. A ese tío le dio igual. ¡Igual! -una lágrima recorre su mejilla y Oberlander intenta decir algo, pero Silvia no le deja- ¡Toda mi relación dependió de que ese tío decidiera quedarse por la zona o no! El día “de verdad” -remarca las comillas de nuevo con los dedos- todo pasó exactamente igual pero él se quedó cerca del sitio y volvió para quedar con ella… No sé por qué y eso me obsesionó. ¡Me obsesiona aún!

… La vida es absurda. Un día te besas con la chica que te gusta y ese mismo día resulta que un tío queda con ella y acaban casándose. Ella y yo encajábamos, pero no tuve suerte. ¡Nos besamos, entiende! -dice con tristeza- Aquél día por la tarde ella me besó a mí y supe que encajábamos. Pero en el día de verdad él se quedó cerca… Cerca… ¿Qué es cerca? -dice con enfado-.

– La… Te entiendo, Silvia -Oberlander está emocionado, aunque no llora- si te sirve de consuelo, a todos nos ha pasado algo parecido. La diferencia es que tú sabes que podría haber salido bien, tú viviste la versión buena del día mientras que otros hemos vivido creyendo que un pequeño cambio podría haber hecho que quizás esa persona se fijara en nosotros. De todo se aprende y…

– ¿Se aprende? -Silvia suelta una risotada irónica- Profesor, ¿sabe lo que yo aprendí? -Silvia ni siquiera espera a que él haga o diga algo- Que la vida es absurda, que todo escapa a nuestro control. Sé que encajaba con… -duda sin decir su nombre, pero no se atreve, “Puede ser demasiado“, piensa…- … Ella. Igual más que su marido, pero eso daba igual. No pude cambiar el pasado, ni arreglarlo por mucho que lo intenté. Y créame si lo intenté… Tengo 29 años pero si echa cuentas es como si tuviera casi 50 años. He vivido mucho y he hecho cosas que… Créame, me odiaría usted si lo cuento.

– Silvia, todos hemos hecho cosas de las que nos arrepentimos, pero vivimos con ello -sonríe paternalistamente-.

– ¡No compare! Usted vive una línea temporal con consecuencias. Yo vivo en el más absoluto de los caos… La mitad de mis días vivo sin reglas. Hace dos de mis días estuve con una prostituta de diez mil euros la noche e hice lo que quise con ella… ¡Lo que quise! -grita con odio- Si yo fuese ella, me hubiera denunciado, pero… “No ha pasado nada” -marca las comillas- No hay consecuencias para la joven Silvia.

¡No son atracones de dulces y comida basura! -ríe sombríamente- ¿Qué haría usted si sus actos no tuvieran consecuencias? ¡No hay cosas buenas, seguro! ¡Nadie iría por la calle salvando vidas porque esas putas vidas no valen nada! ¡Nada! Al día siguiente, si no las salvas, se mueren de verdad. ¿Entonces? ¡Putas, drogas… ! ¡Soy una delincuente la mitad de mis días! ¿¡Por qué cree que estoy en este hotel!? ¡Mire la habitación! -coge el portátil y se la enseña moviéndolo rápidamente!- Es dinero que puedo desperdiciar porque no lo perderé. Les doy la razón en que tienen la mejor conexión de internet del país y en la suite nadie se mete en qué haces y con quién. ¡Los humanos somos unos putos hipócritas!

Oberlander mira con tristeza y miedo a Silvia. Empieza a entender su desesperación.

– Pero hay más… He muerto más veces de las que recuerdo y… ¿Sabe usted lo que es asesinar a alguien? -Oberlander mira con espanto- Yo, sí. Igual no cuenta en esta línea temporal pero maté a un capullo en un día de prueba… Se lo merecía, pero fue horrible. Horrible -mira triste hacia abajo y se rasca la cabeza. Se quita las gafas y se aprieta los ojos aún llorosos- Mi vida no vale nada.

La noche cubre el cielo de la gran ciudad mientras sus calles y tiendas se iluminan con luces de diferentes colores.

-¿Sabe la ironía? -pregunta retóricamente Silvia- Que el Lunes funcionó… Funcionó. Mi… -se levanta y busca por la habitación el auricular que se quitó. Lo coge y lo pone delante de la cámara- ¿Ve esto? Tenía grabada nuestra conversación porque conseguí que me creyera… He intentado reproducirla pero, ya sabe, a veces falla. ¡El tiempo no es determinista! Apúntelo si quiere, asuma eso en sus ecuaciones e igual consigue un premio…

– ¿Funcionó? ¿Hemos tenido esta conversación ya? -Oberlander está confundido, pero en su cabeza todo empieza a tener sentido-.

– Claro… Desde el incidente con esa chica -vuelve a dudar, pero esta vez dice su nombre- Lorena, se llamaba, -mira a ver si hay alguna reacción en Oberlander y cree notar algo más de empatía hacia ella- grabo mis días de prueba y catalogo si merece la pena intentar seguir al pié de la letra lo ocurrido o no. Es inútil, pero a veces funciona. ¿Dígame, no ha habido un momento en el que estaba casi convencido?

– Bueno… Silvia, yo… No puedo decir que te crea pero… No creo que seas una charlatana.

– ¿De verdad? -Silvia sonríe por primera vez en los últimos minutos- ¿Hay posibilidades?

– Creo que deberías venir a Suiza. Tu investigación sigue siendo interesante e igual… -mientras habla, el profesor mira con consternación y ternura a la webcam. Mueve la mano, casi instintivamente, para agarrar la mano invisible de la candidata- … Igual podríamos estudiar tu condición y sus implicaciones científicas.

– … El… Descubrimiento… -dice con tristeza Silvia-.

– ¡No me malinterpretes! -se disculpa- Aún tengo dudas del funcionamiento de todo. Como la manera en que el tiempo se resetea, por llamarlo de algún modo, o si podría ir a más.

– ¿A más? ¿Se refiere a que el ciclo sea de más días? -Oberlander asiente-.

– Lo primero es que vengas y trabajemos juntos -Silvia suelta una risotada y Oberlander sonríe-. La beca es tuya.

– Hay un problema, profesor -responde con desesperación Silvia- hoy… Hoy no cuenta -Oberlander tarda unos segundos en entender la situación- Esto era un ensayo… El Lunes funcionó pero tenía que comprobar que la conversación era la adecuada. ¡No podía cagarla, entiende! -Oberlander asiente- Pero no era suficiente… El Martes falló, y el Miércoles… Hoy estaba fallando y… ¿Cuándo ha confiado en mí? ¡Necesito saberlo!

– Bueno… Yo… -Oberlander se siente aprisionado y bloqueado-.

– Profesor, ¡He dejado de grabar! Pensaba que no llegábamos a ningún sitio y… La conversación se había separado demasiado del patrón y no había posibilidades… -al otro lado el profesor mira con incomodidad- Necesito algo.

– ¿Algo? ¿A qué te refieres?

– En un rato el día empezará de nuevo y esta vez contará. ¿Se imagina qué pensará de mí si le doy otro plantón para preparar la conversación? Dígame algo que le haga convencerse de que hemos tenido esta conversación ¡Se lo suplico! -el profesor mira con incertidumbre a Silvia- En un poco más de cuarenta minutos el día cambia, en mi franja horaria es a las 22:28, en la suya es a las 15:28.

– ¿Es ya tan tarde? Tengo la prueba en el LHC…

– Profesor, por favor -Silvia habla con total desesperación- entiéndame. ¡Se lo suplico!

– Mangosta -dice calmadamente-. Dime que sabes de la existencia del proyecto Mangosta y te creeré.

– ¡No, no! ¡Eso no vale! -grita con aspavientos- ya probamos eso y es demasiado poco concreto.

– Creo que si me lo explicas… Es un riesgo, pero te confieso que la entrevista era una formalidad, la beca estaba casi decidida -sonríe pese a que Silvia le mira con desconcierto- y si vienes, lo resolveremos.

– No lo entiende, ¡No quiere entenderlo! ¡Deme algo, le aseguro que eso no funcionará! Me colgará, me impedirá ir y todo será para nada.

Oberlander mira a Silvia con preocupación. Quiere ayudarla pero no se atreve a darle algo más determinante. No obstante, decide confiar un poco en ella y darle un detalle personal que no podría poner en peligro la investigación del CERN.

– Cuando hablemos mañana… O sea, hoy, dime que te conté que pasó algo en Cullera en el día de mi trigésimo cumpleaños.

– Y eso… ¿funcionará? -dice con incredulidad- ¿No podría saberlo yo de otro modo?

– Nadie más lo sabe… Cuéntame tu historia y dime que te dije eso. No se lo contaría a cualquiera.

Silvia mira su reloj y, con cierta calma, prosigue.

– Preferiría cortar ya, en media hora tengo el cambio de día y… No es… Agradable hablar cuando ocurre.

– Lo entiendo, yo tengo la prueba… Aunque imagino que no la tendré hasta mañana, ¿no? -sonríe tímidamente- Nos vemos pronto y trabajamos juntos. Hasta luego, Silvia.

– Auf wiedersehen, profesor.

Silvia corta la comunicación.

Bruno Oberlander sabía que hablar del proyecto Mangosta era irresponsable. Le preocupaba haberlo hecho hoy… Aunque, al parecer, ya lo había hecho en otro momento. Le preocupaba más que la hora a la que el tiempo se reseteaba no dejaba espacio a las dudas. Probablemente Hernández no lo sabía, pero los experimentos más importantes los ponía siempre a las 15:28 minutos. Era su forma de homenajear a Lorena, a la que aún no había olvidado.

Qué casualidad” -piensa- “también la chica de Hernández se llamaba Lorena“.

La cuestión ahora era saber si era posible que uno de sus experimentos fuese responsable de la condición de Hernández. Un escalofrío le recorría la espalda cuando pensaba eso… Si así era, había tenido éxito… O lo tendría. El tiempo verbal ya no era necesario, el tiempo dejaría de medirse del mismo modo a partir de ahora. Una gota de sudor le recorría la frente mientras pensaba en las implicaciones que podría tener la historia de Silvia Hernández.

Un haz de gravitones podía plegar el tiempo sobre sí mismo. Era una idea extraña, pero a Bruno Oberlander no se le ocurría otra forma de que la línea temporal se plegara como una espiral y diera lugar a una repetición de días. Y eso sólo podía significar tres cosas: había encontrado el bosón de la gravedad, había unificado la física y tenía un método para viajar en el tiempo.

Bruno deja su despacho con una sonrisa mientras no le quita ojo al reloj que lleva en la muñeca derecha. Es consciente de que en unos minutos todo cambiará. Silvia, en cambio, está nerviosa en la habitación. Acaba de colgar y tiene la mirada perdida en el portátil.

– Cullera. Trigésimo cumpleaños. ¿Sería tan importante como para estar relacionado con Mangosta?

Se levanta corriendo y se acerca a la cama, recoge la libreta del suelo y se pone a pasar páginas como una loca. Algunas páginas tienen fotografías escaneadas pegadas, en muchas salen personas pero se detiene en una que aparece un edificio en forma piramidal. “Eso estaba en Cullera, seguro” -piensa. En el pié de página, escrito a bolígrafo, hay unas anotaciones: “¿Lorena? 17 Junio ¿Sábado?“.

Si fue sábado“-piensa- “podía coincidir con el año del trigésimo cumpleaños de Oberlander. 2034“. Busca en la red a qué edificio corresponde la imagen… Florazar II. Se levanta con velocidad y mira el reloj. Quedan 25 minutos, igual podría tener 5 minutos más hasta que Oberlander se diese cuenta, pero no podía contar con ello. ¿Le había creído? ¿Su pista era buena?

Silvia suda, tiene manchas de sudor en los sobacos. Se rasca la cabeza y se quita una peluca. Deja a relucir una cabellera rapada. Se sienta delante del ordenador y dice en voz alta.

– Lorena, ella es la clave… Y Cullera, eso me ha dicho él, ¿Sería esa la contraseña?

Sabía que tenía sólo tres intentos antes de que el sistema se bloqueara y había infinitas posibilidades para escribir una contraseña…

Y eso si ha escrito algo con significado, igual la contraseña es 1234. ¡¡Joder!!“.

El terminal aún tiene escrito el comando “access mangosta.cern.ch”. Silvia se anima a sí misma y da al intro, inmediatamente aparece la palabra “password” en la pantalla negra. Silvia escribe “Cullera34” da al intro y sale el mensaje de error.

– ¡¡¡Joder!!! ¡Estúpida! ¡Estúpida! -Grita-.

Sabe que ha sido un error de cálculo. Aún no estaba lista, aún no tenía suficientes datos… Estaba todo perdido. ¿Por qué no se había dado más tiempo? ¿Por qué no había intentado meterse en su ordenador a la antigua usanza?

– ¡Estúpida! ¡Gorda inútil!- grita- ¡Idiota!

Casi con lágrimas en los ojos piensa en otra posible contraseña… ¿Florazar34? ¿Rikki-tikki-tavi? ¿Lorena? ¿LORENA? ¿Lor3n4? Esa última le gusta, coincide tanto el nombre como el supuesto año, pero… ¿Y Cullera? ¿No debería estar? ¿FlorazarLor3n4? Piensa contraseñas sin sentido. Sabe que todas pueden ser y que sólo tiene dos intentos más.

Mira el reloj: las 22:08. Suspira. La siguiente vez que mira el reloj ya son las 22:09. Sabe que tiene que jugársela y decide ir con una de las contraseñas que se le han ocurrido. La escribe. Cierra los ojos. “Te creías la polla y eres una idiota“, piensa. Suspira. Pulsa enter.

Bruno Oberlander habla con Aubin Broten con aparente tranquilidad pero mantiene gran parte de su atención puesta en el reloj. Tanto que Aubin piensa que teme que el experimento se atrase

– El experimento empezará a las 15:28, como siempre, Bruno.

– Lo sé, Aubin, perdona… Estaba pendiente de otra cosa.

– ¿No tenías hoy una entrevista con un posible investigador?

– Sí -responde Oberlander- vendrá con nosotros y creo que su colaboración nos beneficiará a todos. Es joven pero podría remplazar a Willhem.

Aubin sigue hablando mientras Oberlander se pierde en sus pensamientos. En su mente hay aún espacio para las dudas. No puede evitar preguntarse qué necesidad tenía Silvia de contarle su historia durante la entrevista… “Igual sólo necesitaba desahogarse“, se dice para sí. La chica lo había pasado mal y posiblemente por su culpa, pero si todo lo que había contado era verdad como parecía, su existencia significaba que el proyecto Mangosta funcionaba. El universo entero cambiaría para la especie humana y probablemente Silvia Hernández sería alguien conocida. Al menos eso debería valerle de consuelo a la chica.

Mientras, en la habitación 9732 del Hotel Metropolitano, se escucha un grito de alegría. Después del grito, Silvia copia el contenido completo del servidor mangosta a su ordenador. La conexión con el servidor era buena y en poco más de un minuto tenía una copia completa de todos los archivos. Sin un sólo segundo perdido, Silvia lanza esa copia a un servidor remoto. Allí, esa copia se partía en trozos que se encriptaban y dispersaban de servidor en servidor por la red. Silvia sabía que el proceso entero llevaría unos 10 minutos.

Genial, puedo cambiarme de ropa“.

En el cuarto de baño de la suite, Silvia ignora el cuerpo amordazado y con sangre que está en la bañera. No se molesta en comprobar si sigue respirando o no. Se quita el jersey beige y coge una toalla para secarse el sudor. Recoge del suelo un mono azul de trabajo y se viste con él.

Sale del cuarto de baño silbando y mira el progreso del proceso de encriptado y dispersión de los ficheros. “Queda poco“. Mira el reloj y comprueba que aún le sobran cuatro minutos para las 15:28 en Europa Central.

Cuando a Oberlander se le ocurra comprobar el log del servidor, ya estaré lejos“.

Sonríe y mira la habitación buscando la caja de herramientas. De dentro saca un martillo, espera a que el proceso termine y saca el disco duro del portátil por una pestaña colocada en su parte baja. Lo machaca con fuerza con el martillo y lo mete en el horno que enciende y pone al máximo. Echa un último vistazo a la habitación y sale.

Ya en la calle. saca un móvil del siglo pasado del mono de trabajo y presiona la tecla de rellamada.

– Los cien millones -dice en un chino básico pero aceptable-.

– ¿Lo tienes todo? -Al otro lado del teléfono la voz de Fen, su contacto, suena sorprendida-.

– Os dije que en seis meses tendríais los datos -contesta con suficiencia Silvia- cien millones -repite-.

– Los tendrás cuando subas…

– Está en el sistema, comprobadlo.

Tras unos segundos de silencio y unos chasquidos la voz responde.

– La transferencia está hecha. Una vez que descodifiquemos los archivos, aparecerá el dinero en tu cuenta.

– Perfecto. Un placer, la contraseña es “Nikovsky”. No me busquéis más. Me retiro.

– Un momento, ¿Cómo… Cómo lo has hecho?

Silvia ríe a carcajadas. Las últimas palabras que escucha Fen antes de que la hacker cuelgue y desaparezca para siempre son “Con una historia de ciencia ficción“.

Créditos

The Cloverfield Paradox (de ‘The Cloverfield Paradox’)
Escrita por Bear McCreary
Sparks & Shadows

He wants to see you (de ‘The Handmaids Tale’)
Escrita por Adam Taylor
Lakeshore Records

Fearing That They Would Be Light-Headed for Want of Food and Also Sleep (de ‘Upstream Color’)
Escrita por Shane Carruth
erbp

Imperfect Lock (de ‘Interstellar’)
Escrita por Hans Zimmer
WaterTower Music