Los Nuevos Dioses (I) 2018-01-31T22:13:11+00:00

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Los Nuevos Dioses

Parte Primera.

Escrito por yayo | 31/01/2017

La realidad es la madre de todas las resacas

Cuando tenía 17 años, mis padres decidieron que era hora de volver a vivir en la vieja Europa. El sueño americano se murió con el estruendo del colapso financiero y era hora de escapar hacia un mundo mejor. Como Pocahontas, empezamos a vender la poca mierda que teníamos, compramos pasajes y nos fuimos de allí sin volver a mirar atrás. Obviamente, el proceso tardó unos meses y durante ese tiempo, el joven Yayo en bachillerato estaba ya hasta los cojones de todo.

En una movida digna de un genio adolescente (o un retrasado de peli americana), convencí a mi profesora de filosofía que mi trabajo final ese curso sería… crear una nueva religión. La idea era simple: escribir los textos sobre los que se basaría toda la mandanga, esparcir La Palabra en todos los medios posibles (incluyendo periódicos, televisión y esa incipiente cosa llamada “internet”), analizar el impacto en la sociedad y la manera en la que se extendería (o si sería adoptada) y escribir un análisis riguroso sobre todo el proceso. Cuando me lo propongo, soy capaz de vender más humo que el propio Molyneaux. No hace falta decir que ella aceptó con gusto.

Durante los siguientes meses, trabajé duramente en mi religión: empecé a frecuentar un cyber café (habíamos vendido mi computadora así que algo tenía que hacer por las tardes), y me hice amigo de un grupo de fanáticos de un juego que empezaba a hacerse muy popular en esa época: la metafórica lucha sobre el bien y el mal, encarnada en dos equipos contrincantes de Terroristas y Contras. El juego, obviamente: Counter-Strike (jugábamos a la versión 1.2, en toda su pixelada gloria). Entre ronda y ronda hora tras hora, encontré un tipo de iluminación videojueguil que no pensé sería posible.

¿Y mi religión? Estarás pensando. Eso fue fácil: usando la grotesca biblioteca ocultista, mágica y raruna de mis padres que todavía teníamos por casa (cada vez más pequeña a medida que se iban vendiendo o empaquetando libros), buceé una vez más en las idiosincrasias e historias de las religiones (y cultos) más importantes de toda la historia. Tras mucho romperme el coco, conseguí condensar toda mi religión en unos escritos simples pero poderosos. Una especie de kōan teenager con rima pegadiza para que fuera más fácil recordar y presentar al mundo en un formato digerible y moderno.

“Ni vino ni pamplino: que el enano se tome mi meao”.

La religión de Yayo

Los tres únicos preceptos de las sagradas escrituras de mi religión sin nombre dicen así:

Agua al fuego, calma al ego.

Eres humano, toma mi mano.

En el cielo hay estrellas y hermosas son ellas.

Unas semanas antes de la presentación de mi trabajo, imprimí las sagradas escrituras (la impresora del cyber era de esas de los 70 u 80, con papel perforado en los costados para que el riel de la máquina pudiera mover la hoja a medida que imprimía), las repartí por todos los medios de comunicación de la ciudad y comencé mi ataque por internet. No se muy bien qué falló: la falta de descripción adicional en las sagradas escrituras, el título del mensaje (“UNA NUEVA RELIGIÓN REVOLUCIONARIA APARECE EN LA CIUDAD”) o que la única referencia de contacto fuera mi email (“holyman@hotmail.com”). Sabía que los tres fans que conseguí en el ICQ en un foro de ocultismo y brujería (creo que la mayor tenía 13 años) no serían suficiente para impresionar a mi profesora de literatura, pero yo tenía una misión y no iba a descansar hasta que la Nueva Palabra fuera conocida.

Llegado el día de la gran presentación de mi trabajo, todos estaban expectantes. La profesora claramente intrigada, los compañeros con ganas de reírse. Y yo con los cojones peludos y tersos, preparado para presentar Mi Obra.

“Si estás buscando la entrada a la felicidad, no busques más: debajo de la mantita tengo la llavecita”.

Cara a cara

Me planté delante de toda la clase, tomé una tiza y escribí en la pizarra las tres famosas líneas. La gente me miraba con una mezcla de sorpresa, acojone de risa y alguno que otro flipando. La profesora sobre todo.

– Bueno Yayo, y dime… qué… ¿qué carajo es eso?

– Eso señorita Pimple Pie (lo siento mucho pero con mi habilidad para nombres y la cantidad de años que pasaron, hay más chances de que recuerde qué comí hace 4 años que el nombre de la tipa), son los tres preceptos únicos en los que se sustenta toda mi religión.

Se le pone la boca hecha una mueca, los ojos desorbitados, no está claro si le vino un retorcijón, se está meando o se le metió una cucaracha por el ojuñio.

– Bueno bueno, pero… ¿qué sentido tiene? Eso son tres frases sin sentido ni nexo ni nada.

– Ok, me parece justo explicar la intención y cómo se debe usar. Llevo años estudiando muchas religiones y en cada una hay una desconexión total entre la unidad mínima (Yo) y la unidad cósmica (el Universo). Para los Cristianos, las buenas acciones en vida (yo) son la única forma de llegar al cielo en muerte (universo-Dios). Los budistas en cambio no creen que se pueda lograr la felicidad siendo uno mismo, sino que hay que anular su propio yo para llegar a la comunión con el todo (iluminarse). Los musulmanes (y que me perdonen si me equivoco) no aportan nada ya que se pierden en pequeños detalles sobre cómo ser y comportarse cegados por lo que dicen sus profetas, en lugar de alzar la vista al cielo. Y en el Tao-Te King se nos explica que la única forma de ser un “hombre sabio” y de unir “tierra y cielo” es por el conocimiento “sin sustantivar” del Tao (esto es, sin poner falsos nombres en la lengua de los hombres aquello que la simple mente racional no es capaz de comprender).

> Sinceramente, en todas esas religiones no veo un intento de profundizar ni mencionar el “gran bucle” de la vida. Por ejemplo: si partimos del interior, de lo más básico, pequeño y etéreo de los seres humanos, tenemos nuestras emociones. No somos capaces de controlar el universo ni mucho menos los actos externos – pero ¿nuestros pensamientos? ¿Nuestras emociones? ¿No es la meditación una forma de controlar y apagar los pensamientos y los impulsos racionales? Está claro que una forma de iluminación (o por lo menos paz y estabilidad emocional) es el control directo de uno mismo. “Agua al fuego, calma al ego”. Nuestras emociones no son más etéreas que los átomos que componen nuestra materia. Energía, materia, pensamiento – todo es uno. Y podemos controlarlo empezando por nosotros mismos.

> Pero no estamos solos en esta vida: la idea del ermitaño que se va a meditar o los monjes que se separan de la sociedad… es algo estúpido. Vivimos en un grupo, una sociedad formada por una cantidad cada vez más grande de seres humanos.  Debemos abrazar esa condición frágil, carente de sentido: la incertidumbre. Lo único que puede hacer más llevadero este chiste llamado vida es sabiendo que no estamos solos, y que aunque cada uno debe llegar a su iluminación particular, debemos darnos la mano los unos a los otros.

> Y por último, una vez templadas las emociones y pensamiento, unidos en armonía con nuestros prójimos, es cuando podemos levantar la mirada y contemplar la obra inmensa de la que formamos parte: no sólo como pequeños racimos en una tierra verde y viva, sino átomos de un ser mayor que nosotros mismos. Nuestra vida no es fútil, no es finita, no es un conjunto de accidentes estúpidos. Las estrellas son hermosas y no debemos olvidar su luz, por mucho que intentemos apagar su brillo del cielo con lámparas y luz artificial.

> Una vez llegados al punto final, vemos que, al igual que nosotros mismos, el universo se rige por las mismas reglas y normas, vagando por un multiverso infinito en el que los polos están conectados y lo infinitesimal y lo abismal se cruzan en un bucle donde no hay principio ni fin, sólo movimiento. De esa forma, se puede entender los preceptos desde lo más grande a lo más pequeño, y si no eres capaz de encontrarte a ti mismo, no tengas miedo – alza la vista, déjate llevar por el Universo y llegarás al mismo destino. Piérdete en el todo o concéntrate en el átomo – ambos están en comunión.

> ¿Y qué mejor forma de plasmar todos esos preceptos, que en forma de pequeño koan? Los monjes zen intentan impartir sus enseñanzas a partir de una serie de koanes que los maestros dan a sus discípulos – pero es un proceso largo, arduo, que intenta engañar la mente con juegos de palabras para llegar al significado verdadero. No hace falta perder tanto tiempo, estas verdades son fáciles de entender. Sobre todo por la rima.

♦                                                  ♦                                                   ♦

Silencio. A la profesora se le ponen los ojos como si le estuviera por venir una aneurisma. Los compañeros ya no ríen, sólo observan. Nadie entendió un carajo, pero la gente se empieza a interesar. De pronto se crea una pequeña jam improvisada pensando en las implicaciones sociales y económicas de implementar mi religión. Las preguntas vienen y van. Algunos no están satisfechos, otros piensan. Muchos observan sin saber qué cojones acaba de pasar. De pronto la profesora se levanta.

Esa gente está feliz porque ya leyeron la segunda parte. ¿Quieres ser feliz también? Reencuéntrate con tu felicidad. Tú te lo mereces. Este mes por sólo…

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