La crítica totalitaria2018-07-30T20:50:08+00:00

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La crítica totalitaria

Tenemos un problema con la crítica de los videojuegos.

Escrito por ivb | @Gamefeeles | 30/07/2018

Son tiempos extraños para el análisis y crítica de obras audiovisuales.

Por lo general, si querías hablar de algo necesitabas saber expresarte y/o tener conocimientos sobre el tema en cuestión. Se daba por supuesto que para hablar de una obra con propiedad era necesario el análisis y la síntesis de sus valores cualitativos en base a un criterio determinado; qué pretende transmitir, si lo logra en base a sus elementos individuales y como se comunican entre sí. Pero ahora ya no hace falta, no necesitas ni saber escribir medianamente bien porque se ha colado en el ámbito periodístico, sin que nos demos cuenta, otro tipo de crítica, la moral.

En efecto, ya no se trata de valorar la calidad de una pieza artística, sino de su efecto positivo o negativo sobre la sociedad en base a unos valores morales individuales. Hemos dado la vuelta señores, bienvenidos al fundamentalismo posmoderno, donde una buena crítica puede ser defenestrar una obra porque no pasa el test de Bechdel en vez de razonar su éxito en base a los temas que trata.

Esto lleva a la aplicación de términos absolutistas sobre el arte, pues gira la construcción crítica alrededor de valores ajenos a ella, los cuales no sirven para otra cosa que para guiar la sociedad hacia direcciones interesadas, más que para juzgar el arte en sus propios términos. En esta nueva realidad es más importante lo reprobable que resulta plasmar la Bohemia del siglo XV según las ideas comunes de ese tiempo, que los aciertos o fallos del título en cuestión.

Internet se ha llenado de “críticos” que toman este acercamiento por válido, a la par que su público aplaude con las orejas su lucha social. Si antaño el arte se valoraba por su capacidad de acercarte a Dios, hoy se valora por su capacidad de guiar la sociedad hacia un igualitarismo naíf. Tampoco digo que la mayoría de obras estén al margen de la ideología, más bien al contrario, suelen construirse alrededor de sistemas de ideas tan complejos como la persona o grupo de personas que les ha dado vida (o más), por ello resulta preocupante que se quieran reducir con imposiciones morales.

Tampoco es que me sorprenda, el uso de obras culturales como arma para la manipulación de masas forma parte de no pocas ideologías populares de nuestro tiempo. Al fin y al cabo un autor puede hacer toda la propaganda que quiera, lo que se juzga debería ser la calidad de la obra en sí. Si El acorazado Potemkin pasó a la historia no fue por ser un panfleto soviético, sino por su capacidad expresiva y definitoria del lenguaje cinematográfico.

¿Significa eso que el crítico no puede tratar el arte desde su postura moral? Nada más lejos de la realidad, juzgar algo sin poner de nuestra parte no solo es imposible, sino estúpido. Lo que reivindico es el rigor necesario para no confundir crítica artística con crítica social, lo que para uno es inocuo para otro puede resultar de un machismo exacerbante y tal postura quedará plasmada, de un modo u otro, en el texto. Lo que resulta peligroso es que eso llegue a usarse como argumento para defenestrar una obra.

Es importante mantener el ámbito público como ágora donde distintas ideas sean discutidas libremente, donde el trabajo del crítico esté en ofrecer herramientas al espectador para profundizar en distintos medios y obras, favoreciendo el debate. Otra cosa es un llamado a la ideologización más superficial y a la perpetuación de la brecha ideológica.

De un tiempo a esta parte medios españoles han asumido esta actitud y, como un germen, ha crecido hasta el punto de que ya nadie lo cuestiona. Esto es un drama no solo para la crítica, sino también para el periodismo en general. Se prohíbe la comparecencia de determinadas personas en espacios públicos, se juzga a las obras por las ideas de sus creadores y, peor que cualquier otra cosa, el periodismo se transforma en una suerte de herramienta para la construcción social, en vez de llevar a término su verdadera vocación; una ventana al mundo para mayor comprensión de la realidad.

En definitiva, donde debería haber una pluma que iluminase el camino y ayudase a comprender y profundizar la obra del hombre, se ha puesto una espada que solo sirve para defender los intereses de unos pocos. Sin ideas ni buena voluntad, solo queda la defensa de la tribu y esta siempre pasa la parte por el todo en su camino a lograr que todos pensemos como ella. Le da lo mismo el arte, la comprensión del prójimo o las ideas, todo lo reduce a una lucha social y es por ello que no solo resulta un modelo de crítica inválido, sino que es la piedra angular de los problemas del periodismo actual.